La soledad nos viola cada noche en nuestras camas sembrando la almohada de miedos y dudas
12 Febrero 2006
10 Febrero 2006
Me gusta el mar, las olas, verlo batir contra los acantilados, el ruido del arrastre de las piedras en las playas. Me gusta el olor del Atlántico, su color, su profundidad y su dimensión. Me gusta pasear por la orilla aunque aquí no haya grandes playas para ello y disfruto mucho con un atardecer sobre el mar.
Me gusta navegar en pequeños botes con velas blancas ondeadas por el viento. Y cuando lo hago me siento inmenso.
10 Febrero 2006
Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.
Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles, de cuero quemado. Había quien queria un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muńeca:
-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo.
-Y anda bien? -le pregunté.
-Atrasa un poco -reconoció.
10 Febrero 2006

Anari - Zebra
Pocos artistas, tal vez ninguno, están en estos momentos en condiciones de escribir cosas como las que escribe Anari, bellas y duras, cada vez más directas, hirientes y concisas, que se unen a su voz desesperada, ahogada a la vez que cercana (ni siquiera es necesario que afine demasiado), para ponernos en bandeja uno de los discos del año. Mil metáforas para explicar lo mismo, la desazón, la angustia en las relaciones.
De las pocas que quedan que todavía te dejan mudo, consiguen que se me seque la garganta y que termine de escuchar el disco con los ojos humedecidos, a punto de la lágrima.
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